viernes, 31 de agosto de 2018

EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA EN LA DOCTRINA DEL CONCILIO VATICANO II: GAUDIUM ET SPES



Introducción

El matrimonio católico es un estado y una opción de vida en la realidad humana que desde sus inicios ha sido cimentado sobre la relación de los esposos. Este no siempre ha estado institucionalizado bajo normas y reglas claras, pero sí, dentro de la concepción religiosa, como una alianza unida y bendecida por Dios bajo el consentimiento de los contrayentes.
En el contexto bíblico encontramos, a partir de la concepción del libro del Génesis, que fue Dios quien “instituyó” esta unión para que sometan a la creación al mismo tiempo que fecundan la generación humana. Esta última afirmación será la que regirá a los antiguos pobladores del pueblo judío quienes asumían el matrimonio como un medio para multiplicar su descendencia y, a través de esta, recibir la bendición divina o, mejor dicho, la descendencia (los hijos) era la bendición recibida de Yavé, por ello asumirán que el no tenerla significaba no estar en gracia de Dios, es decir, que sobre ellos pesaba una maldición; que Dios los había abandonado.
Esta concepción traspasará toda la línea del Antiguo Testamento. Posteriormente en la era cristiana, incluso hasta nuestros días, si bien es cierto que los hijos significan una bendición porque es el fruto del amor conyugal, ya no se toma el hecho de no poderlos tener como una maldición, sino que se tiene la idea, y esto se corrobora más con la ciencia, que la causa radica más en problemas de índole físico en las personas.
Pero hay ciertas concepciones de esta alianza que no pasan puesto que la Iglesia Católica las considera como las características esenciales del matrimonio; esto es: el que se ha de contraer matrimonio con una sola persona a la cual se le ha de ser fiel por toda la vida, que esta alianza tiene carácter indisoluble y está ordenado a la fecundidad.
En el presente trabajo se intentará dar una rápida mirada a estas características del matrimonio y la familia y otras reflexiones nuevas que se encuentran planteadas en la doctrina del Concilio Vaticano II, específicamente en la Constitución Pastoral Gaudium et spes. En ella se aprecia, acorde a los nuevos tiempos, aparte del aspecto sagrado y sacramental, una mirada antropológica de una realidad que en los últimos tiempos he venido siendo mancillada por las nuevas concepciones y estructuras sociales.



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I.             PLANTEAMIENTO DEL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
1.    Breve esbozo del matrimonio en el contexto del Vaticano II.
El Concilio Vaticano II supuso un cambio grandioso en la vida de la Iglesia en todos los sentidos. Es un tiempo de apertura, de “abrir las ventanas” de la Iglesia para que entre aire fresco, como lo dijera Juan XXIII, en una sociedad moderna con preocupaciones nuevas y con problemáticas que de una u otra manera estaban impregnándose en todos los ambientes de la comunidad humana, entre ellos en la vida matrimonial y familiar.
El matrimonio, ese sentido iba siendo influenciado por la cultura del desarrollo, estaba siendo marcado por el espacio largo entre la comunicación interpersonal, por el consumismo y demás actividades que se han ido afianzando con más fuerza en la actualidad: como el exceso de trabajo y el poco tiempo que les resta a las parejas para la comunicación, pues, de un tiempo a esta parte, han tenido que trabajar indistintamente cruzándose así horarios, opciones de crecimiento personales y quedando desplazado el espacio que debería haber para el intercambio de experiencias, sueños, como también el interés como pareja y la vida conyugal en general. La vida de pareja ha sido seriamente amenazada.
Esto ciertamente no es, ni en el contexto del Vaticano II como tampoco lo es hoy,  producto del desinterés de las parejas, sino del cambio sustancial de las estructuras que se viene dando en la sociedad. En efecto, E. Schillebeeckx afirma:
Antes del siglo XIX, la familia podía apoyarse en una serie de factores objetivos que no pertenecen a la naturaleza del matrimonio y que contribuyen sin embargo, en buen aparte, a consolidar su consistencia interna. El conjunto de la comunidad familiar (abuelos, padres, hijos, e hijos casados), el proyecto común, incluso el barrio a la aldea entera, constituían una unidad económica de tipo patriarcal y autoritario (…) El matrimonio y la familia reforzaban los lazos de una actividad económica y social, y por su parte esta última contribuía a asegurar la estabilidad de la familia[1].
La familia, a partir del siglo XIX, y más aún del siglo XX, según lo afirma el autor, es una comunidad básica de la sociedad que ha ido desmarcándose de su núcleo en la medida que ha ido saliendo a buscar nuevas alternativas de desarrollo necesarios para su subsistencia. Ahora lo que se observa cada vez con más fuerza son individuos que pasan poco tiempo juntos, con horarios distintos y sin esos proyectos comunes. Son individuos que refuerzan los lazos de una actividad económica y social, o mejor dicho, refuerzan a los grandes grupos económicos con poca responsabilidad social. Pero, a diferencia de siglos pasados el reforzamiento inverso, es decir de la actividad económica hacia las familias es prácticamente nulo.
Es esta entonces una realidad que está marcando la vida matrimonial, una realidad que ha puesto en mundos diferentes a cada cónyuge ya que ambos buscan su desarrollo en este mundo de escasas oportunidades. Una realidad en la cual las parejas están llamadas a luchar para mantener su matrimonio.
En la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, además de esta problemática, se hace mención de diversos aspectos que “oscurecen” la dignidad del matrimonio. El matrimonio ciertamente goza de un esplendor propio como una comunidad conyugal de amor, querida e instituida por el Creador desde el origen cuando crea al varón y la mujer que han de compartir la vida y ser “ayuda adecuada” el uno para el otro, que han de vivir la complementariedad desde sus diferencias sexuales y han de compartir la misma dignidad (Gn 1, 27; 2,18). Pero ha entrado en un proceso de “oscurecimiento” de dicha dignidad a causa de las situaciones propias de la sociedad actual.
En el documento se hace mención de la poligamia, el divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones, el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación. Así mismo de la situación económica, psicológica y civil y el incremento demográfico como aspectos que determinan el “oscurecimiento” del matrimonio y la familia. Es por ello que el Concilio Vaticano II, se afirma en el documento, buscó hacer una exposición clara de la doctrina católica, haciendo una lectura de los signos de los tiempos y buscando que los cristianos conozcan y fortalezcan sus convicciones respecto al matrimonio en una sociedad que claramente se estaba yendo por sendas ajenas al querer de Dios y a lo que tradicionalmente la Iglesia había venido proponiendo (GS 47).

2.    El carácter sagrado del matrimonio y la familia
2.1.             Origen divino del matrimonio y la familia
Una de las afirmaciones contundentes de la Constitución Pastoral Gaudium et spes al hablar de la dignidad del matrimonio y la familia es el origen divino del mismo. La “comunidad conyugal” no es una mera institución humana nacida de criterios y decisiones humanas, tampoco de convenciones sociales. Ella nace y se afianza desde el querer de Dios; él es su origen: “fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes”. Para expresar este carácter divino también aparecen expresiones como “institución confirmada por la ley divina”, “vínculo sagrado”, “es el mismo Dios el autor del matrimonio”, “nacido de la fuente divina”, “que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia” (GS 48).
Sin embargo, como Dios siempre respeta la dignidad y la libertad del hombre deja que este decida. La vocación al matrimonio y la familia tampoco puede ser una imposición arbitraria suya, sino que nace, además, como un acto humano del consentimiento libre y personal de los cónyuges: “se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre el consentimiento personal e irrevocable” (GS 48)
Entonces, la vocación al matrimonio, como se puede ver en el documento conciliar y como ya se había formulado en el Antiguo Testamento no es una opción que el hombre buscó, sino fue Dios quien puso en su corazón esta vocación. Vocación, es decir, llamado, porque la pareja tiene que responder mediante el consentimiento, no obligación. Así, en el principio de los tiempos, según se lee en libro del Génesis, Dios primero creo a la mujer como “ayuda idónea” del varón, luego les dice que han de poblar la tierra, es decir, que las generaciones que nazcan de ellos tendrán la tendencia a buscar su complemento, tendrán esa vocación de compartir la vida con un ser al que deben amar, por quien han de dejar padre y madre para formar un hogar. En ese sentido, la vida matrimonial y familiar, es y debe ser una vocación de amor, amor que nace desde Dios y que se comparte con el otro:
Dios que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano (…) Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama la hombre (…) y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación (CEC 1604)
En el origen, pues, Dios crea al ser humano por amor y le infunde esa vocación al amor, a “imagen y semejanza” suya. Esa vocación se vive entre los semejantes. Pero entre la pareja se vive mutuamente y se comparte a lo largo de la vida en una comunicación que será, como lo afirma Antonio Arza, “una interpretación exacta del amor de Dios”[2].
2.2.             Comunión, alianza de amor a semejanza de Cristo y su Iglesia.
La Iglesia toma al matrimonio como una alianza. Una alianza en tanto que se da desde una respuesta a una vocación, un consentimiento personal y libre ante un llamado de amor libre también. Es por ello que se habla del consentimiento matrimonial puesto que una alianza para darse necesita de un consenso de ambas partes implicadas: “El consentimiento matrimonial es el acto por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio”[3].
Este consentimiento es un hecho por razón del cual dos personas de géneros sexuales diferentes se dan, como también se aceptan, para formar una sociedad matrimonial. Se dan de manera libre y voluntaria.
La imagen de “alianza” no es nueva en la doctrina del Concilio Vaticano II en cuanto es extraída de la literatura bíblica del Antiguo Testamento cuando se la toma para expresar la relación de Dios con su pueblo, una relación de recíproca fidelidad: Ella expresa “el carácter del amor de Dios a su pueblo. Israel aparece como la novia o la esposa del Señor, que ha sido elegida y favorecida”[4] a pesar de las constantes infidelidades. Lo nuevo, según afirman los teólogos actuales, es la preferencia o la superposición de este término al de “contrato”, que era el imperante en la teología preconciliar y que hacía hincapié más en el aspecto jurídico y biológico antes que en una alianza de aceptación, una comunión de amor y de promesa de vida recíprocos.
En el Nuevo Testamento, esta imagen de alianza se renueva. Las promesas de la alianza veterotestamentaria se cumplen en la persona de Jesucristo en quien la humanidad se acerca más a Dios y este se da oblativamente. Como nos dice Gonzalo Flores, en Jesucristo “se realizan las bodas de Dios con la humanidad…Dios nos da la mejor prueba de su amor al hombre, de su voluntad de establecer con la humanidad una alianza eterna[5]”. Es una alianza con la vida misma, con la propia historia del hombre en sus luces y sombras, en sus alegrías y sufrimientos, para toda la vida. La alianza matrimonial encarna también esta dimensión.
Pero las promesas divinas siguieron manifestándose en el misterio de la Iglesia, esposa de Cristo, cuerpo a través del cual Dios derrama sus gracias a sus miembros en Cristo. Los esposos, en este sentido, son miembros de ese cuerpo  y al unirse en alianza matrimonial son portadores de la gracia divina y transmisores de la misma porque a través del matrimonio Dios sale a su encuentro y permanece con ellos para que mediante la unión “en una sola carne” (Mt 19, 6) y la entrega mutua se amen con perpetua fidelidad tal como Cristo amó y se entregó por la Iglesia (cf. GS 48). Por tanto, en la alianza matrimonial, los esposos deben amarse como Cristo amó a su Iglesia (Ef 5, 25. 29).

2.3.             Espacio y camino de santidad

2.3.1.   Los efectos del sacramento del matrimonio
Este sacramento origina en los cónyuges en primer lugar un vínculo para toda la vida. Además, que es exclusivo por el mismo hecho que está vinculado con la fidelidad. Un vínculo que se irá afianzando a medida que la pareja baya compartiendo su vida y respetándose. Por otro lado, como el matrimonio cristiano es una institución bendecida por Cristo, los cónyuges son fortalecidos por él y consagrados para vivir su opción de vida de la mejor manera y puedan ser útiles desde su estado a la Iglesia y al anuncio del Evangelio. Con este sacramento, los esposos, también se convierten en portadores del mensaje cristiano: “En su modo y estado de vida (los cónyuges cristianos) tienen su carisma propio en el Pueblo de Dios” (…) “se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial conyugal y en la acogida y educación de los hijos”[6].
Del matrimonio válido se origina entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza; además, en el matrimonio cristiano los cónyuges son fortalecidos y quedan como consagrados por un sacramento peculiar para los deberes y la dignidad de su estado.
2.3.2.   Exigencias esenciales del matrimonio
La unión de amor comporta en su esencia tres características fundamentales que se han venido recogiendo desde el inicio de la historia del hombre pasando por la reafirmación bajo la predicación de Jesús para establecerse hoy como reglas dentro de la Iglesia; estas son: la unidad e indisolubilidad, la fidelidad y la apertura a la fecundidad.
Unidad e indisolubilidad que suponen un único vínculo de amor, un único Dios. Una comunidad establecida ya no como dos personas distintas, sino como una sola en el amor: una unidad de vida. La indisolubilidad por su parte significa que el compromiso es asumido para toda la vida: lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.
La fidelidad conlleva un amor desinteresado y respetuoso a una única pareja. Esto es consecuencia de la entrega de sí mismos que se hacen los esposos. No siempre les va a ser fácil atarse para toda una vida a un ser humano, pero ahí entra en juego la capacidad y la madurez que tengan ambos para aceptar las diferencias del otro cada día, todos los días.
Por último, la apertura a la fecundidad es la disposición a la procreación y el cuidado de los hijos, fruto de su amor, asumiendo la llegada de estos no como una carga, antes, por el contrario; como una bendición y un don de Dios: “Los hijos son, ciertamente, el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres”[7].






[1]  E. Schillebeeckx, El matrimonio realidad terrena y misterio de salvación, pp. 15– 16.
[2] A. Arza. El problema teológico y moral de la fecundidad. En: Estudios sobre la Constitución Gaudium et spes, p.235.
[3]  CIC. 1057,2.
[4] G. Flores. Matrimonio y familia, p. 177.
[5] Ibid, pp. 178- 179.
[6]  Vaticano II Lumen Gentium, n. 11 y 41.
([7] ) Vaticano II Gaudium et Spes, n. 50, 1.

lunes, 10 de octubre de 2016

El sacerdocio, único y nuevo

La vocación sacerdotal nace de ese llamado personal por parte de Dios mediante el cual el hombre se entrega al servicio del Reino de los Cielos. De ahí que, el sacerdote sea aquel consagrado para ejercer un ministerio de servicio desde Dios hacia los hombres. Así va propagando y testimoniando el Reino a todos.
El sacerdote será, así, aquel consagrado a Dios para ser portador y transmisor de la Buena Noticia de Jesús  a los varones y mujeres de todos los tiempos, siguiendo el ejemplo de Cristo, el sacerdote por excelencia,  quien trajo la Buena Nueva del Padre para salvación nuestra y en quien se cimenta el sacerdocio desde lo que él dijo e hizo, desde su preocupación por los excluidos, la búsqueda de la igualdad entre todos, la revalorización de la dignidad humana en general y la llamada misericordiosa a vivir según la voluntad del Padre.
 En Cristo, pues, se percibe la cercanía a todos sin excepción. Ello le  da una característica única: ya no es el sumo sacerdote, el único “puro”,  del Antiguo Testamento dedicado al culto en el templo, pero alejado del pueblo, dedicado únicamente a hacer cumplir la ley por encima del sufrimiento humano. Cristo rompe esta práctica e inaugura una nueva forma de vivir el culto: tiene que ver con la vida misma desde la cual se adora al Señor “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23- 24), la propia existencia se ofrece como sacrificio, se consagra y es considerado el culto auténtico a Dios (Rom 12, 1- 2) y la vida en fraternidad será lugar donde se palpe la presencia de Dios porque “donde hay dos o tres reunidos” en nombre de Dios, ahí estará él en medio de ellos (Mt 18, 20).
Pero, si bien es cierto que existe el ministerio sacerdotal mediante el cual uno se consagra al Señor y actúa en nombre de Cristo (in persona christi), Cristo, además, inaugura una nueva forma de vivir el sacerdocio también. En el Nuevo Testamento hay una visión nueva del sacerdocio: el sacerdocio común, según el cual todos somos pueblo de sacerdotes. El pueblo cristiano no puede olvidar que también participa del sacerdocio común asumido desde el bautismo por lo cual cada bautizado se compromete al servicio de la expansión del Reino de Dios en el mundo desde la opción o el estado de vida en el que se encuentra. El P. Manuel Díaz Mateos afirmará que “En el templo de la historia todos somos pueblo sacerdotal porque todos nos acercamos a Dios y todos nos ofrecemos a Dios[1], todos los cristianos a través de su vida ofrecen el sacrificio agradable a Dios a través de la fraternidad y la misericordia, del compromiso en la historia donde hay que hacer triunfar la salvación de Dios[2]. Y tienen al único y verdadero sacrificio: Cristo. El sacerdocio, pues, más que un rito es un proyecto sagrado en la historia del cual todo cristiano es servidor y por eso somos considerados sacerdotes y tenemos a Cristo por cabeza como el sacerdote por excelencia. Él es el mediador entre Dios y los hombres, no está “separado” del pueblo, sino que es cercano, compasivo y misericordioso “pues no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas…”(Heb 4, 15- 16).





([1]) M. Díaz Matos, El sacramento del pan, p. 73
([2]) Cf. Ibid, p. 75 

lunes, 6 de abril de 2015

La paradoja de Dios

Paradoja, sabiduría y locura de Dios en 1Cor 1, 18- 25.
La sociedad actual está acostumbrada a vivir de lo inmediato, de lo cómodo, de lo sensible y de todo que aquello que dé réditos; las utopías y, mucho menos, las contradicciones no tienen cabida en la vertiginosidad de la vida cotidiana. Muchas cosas ya no sorprenden ni interesan, la religión tampoco es interesante ni parece ofrecer respuestas en tanto que ha perdido su fascinación. El evangelio, así, aparece un poco desactualizado e incluso contradictorio a lo que el mundo ofrece. La cruz, en este contexto, tampoco parece atractiva.
Esto, ciertamente, tampoco es nuevo. Para los hombres de los primeros siglos, los no cristianos, claro está, la cruz igualmente era mal vista. Era el símbolo de la muerte más ignominiosa, algo que no se podía mirar ni venerar. En ella morían crucificados los malhechores, los que se oponían al imperio romano, criminales o esclavos degenerados. Morir crucificado suponía una afrenta social y una desgracia para la familia. La crucifixión en ese sentido no generaba seguimiento alguno. De ahí que Jesús, el Mesías proclamado por los discípulos y primeros seguidores, fuera mal visto debido a la muerte que tuvo: seguir a un crucificado no generaba esperanza, tampoco prestigio. Ello explica, entonces, que Pablo dijera que la “predicación de la cruz es una locura” para los gentiles, y el Cristo crucificado un “escándalo” para los judíos (cf. 1Cor 1, 23).
En efecto estamos en un contexto tanto judío como griego reticentes a una salvación desde dichas situaciones nada extraordinarias. Los judíos que eran hombres concretos, prácticos, no dados a tantas elucubraciones como los griegos piden señales o signos por los cuales experimentar la presencia de Dios (Mt 12, 38; Jn 2, 18: 6, 30…). Las diferentes ramas o tendencias judías esperan a un Mesías, es cierto, pero no el presentado por el cristianismo. Esperan una intervención divina, pero digna de la trascendencia divina. Los griegos, por su parte, metidos más en el ambiente racional y filosófico; lógicos, hombres de razonamiento, prefieren el lenguaje, la elocuencia, la filosofía[1].
Sin embargo, para Pablo y para todos los seguidores de Jesús, la cruz es fuerza de Dios con la cual se vence las seguridades de este mundo. “Pues la predicación de la cruz es una locura para los que se pierden; mas para los que se salvan- para nosotros- es fuerza de Dios” (1 Cor 1, 18). Es una fuerza y una sabiduría distinta a la que ofrece el mundo porque este a pesar de observar cuanto Dios ha creado no ha logrado descubrir su presencia y se ha contentado con lo humanamente posible. De ese modo, “el mundo mediante su propia sabiduría, no conoció a Dios en su divina sabiduría” (v. 21).  Tanto judíos como griegos, pues, no supieron descubrir la presencia sabia de Dios que actúa de modo distinto a las  pretensiones humanas y que se manifiesta en la creación entera. Unos se centraban en el cumplimiento ritual de una alianza distanciada de la vida y los otros se quedaban en lo meramente racional, pero ignoraron al dador de la razón. Y ahora la salvación de Dios en Jesucristo crucificado les parece una locura.
La cruz, símbolo de debilidad y afrenta, se ha convertido, según la teología de Pablo en símbolo de la salvación nueva propuesta por Cristo. Lo que para los no cristianos era escándalo y locura, para los verdaderos seguidores del crucificado es una oferta diferente de encuentro con el Señor que habla en lo que para el mundo no tiene sentido, en lo paradójico, en lo que no tiene valor porque “Dios ha escogido más bien a los que el mundo tiene por necios para confundir a los sabios; y ha elegido  a los débiles del mundo para confundir a los fuertes. Dios ha escogido lo plebeyo y despreciable del mundo; lo que no es, para reducir a la nada lo que es” (1 Cor 27- 28). La peor desgracia que era la crucifixión es ahora una locura bendita y salvadora. Pero ello no porque la cruz tenga un valor en sí misma, sino porque a través de ella se ha dejado sentir la fuerza de Dios que crea una identidad nueva para los cristianos.
Para Pablo, la cruz, escándalo y locura, fue el mayor abajamiento posible de un Dios que ama con locura al ser humano, pero también viene a ser el modo culmen de cómo lo divino se acerca a lo humano para enaltecer a este cuando realmente cree: “la cruz, el mayor abajamiento posible, viene a ser la culminación porque refleja el modo de ser hombre de Jesús y su modo de ser Dios. Pero también… la cruz está hablando de cómo es Dios y de cómo es el hombre que cree en Dios”[2]. Por tanto el que cree en Jesús ha de comprender la paradoja de la cruz como la mayor cercanía de Dios que se abaja en su Hijo y como aquello que configura su vida cristiana. Caminos paradójicos, solo los caminos de Señor, comprensibles sólo para aquellos que con una  fe humilde se acercan a él: El poder de Dios se hace efectivo cada vez que se predica el evangelio y la gente acepta el mensaje de la fe. Es allí cuando lo paradójico y loco salva.
El tiempo actual, acostumbrado a lo inmediato y rentable, es un tiempo nuevo. Sin embargo la predicación del Evangelio  que genera contradicciones no ha de quedarse relegado, ha de seguir siendo buena noticia y una noticia siempre nueva, alternativa a la “sabiduría” del mundo. La locura del crucificado ha de ser “fuerza y sabiduría de Dios” que manifiesta no el sufrimiento ni la pasividad ante el mal, sino un camino de salvación y una propuesta de humildad, de abajamiento de nuestras superioridades. Es liberación de la opresión, de los sistemas que crucifican a los débiles y que, a diferencia del Cristo crucificado, son propagadores de muerte, mas no de resurrección que es, finalmente, donde la cruz adquiere el verdadero sentido y desde donde se puede decir cuerdamente que “la locura divina es más sabia que las personas, y la debilidad divina, más fuerte que las personas” (1 Cor 1, 25).




Bibliografía

Carrez, M.
1989    La primera carta a los corintios. Cuadernos Bíblicos, 66. Navarra: Verbo Divino.

Díaz Rodelas, J. M.
2003    Primera carta a los corintios. Navarra: Verbo Divino.

Gil Arbiol, C.
2009    El imperio romano frente a Pablo: el poder y la cruz. Letras de Deusto.

Quesnel, M.
2000      Las cartas a los corintios. Cuadernos Bíblicos, 22. Navarra: Verbo Divino.

Sánchez Bosch, J.
2007      Maestro de los pueblos. Una teología de Pablo, el apóstol. Navarra: Verbo Divino.

Silva, H.
2009      Las cartas de San Pablo. Meditaciones. Bogotá: San Pablo.

Vásquez Pérez, M. N.
2011      La construcción de la identidad cristiana en la Primera Carta a los Corintios. Tesina de Licenciatura en Teología. Deusto.






([1]) Cf. M. Carrez. La primera carta a los corintios, p. 13
([2]) C. Gil Arbiol. El imperio romano frente a Pablo: el poder y la cruz, p. 55.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Justicia y Paz

Justicia y Paz es una orientación prioritaria, una manera de vivir y de actuar, para toda la familia dominicana: es nuestra misión como Predicadores del Reino.
Esta frase es la que, de alguna manera define la acción dominicana en bien de la justicia y la paz en el mundo. Como predicadores del Evangelio, los dominicos queremos transmitir a la sociedad la opción por la vivencia de la paz y la justicia desde los estados de vida que cada uno pueda tener y los contextos en los cada quien se encuentre inserto.
 Justicia y paz es lo que anhela todo ser humano para poder vivir y desarrollarse con libertad. Justicia y paz es el grito que millones de personas elevan cuando la violencia, la marginación y la desgarradora indiferencia entre unos y otros se hacen cada vez más patentes, cuando la injusticia se instala en todos los estamentos sociales  dejando tras de sí la, a veces  comprensible, pero nada positiva, desconfianza hacia los demás. Justicia y paz claman nuestros hermanos y hermanas cuyos derechos vitales, intrínsecos les son violados una y otra vez: Nada más pensar en la situación de los inmigrantes, en la trata de personas, en los encarcelados injustamente, en las mujeres y los niños maltratados socialmente e, incluso, en el mismo seno familia. Pensar en el racismo y la marginación que, lamentablemente, siguen arraigados en el comportamiento social; la explotación laboral, las guerras, etc.
Es por ello que la Comisión de Justicia y Paz, organización católica fundada por el Papa Pablo VI en 1967, quiere crear en los varones y las mujeres de nuestro tiempo esa conciencia humanitaria de velar, defender y promover los derechos humanos y los derechos de los pueblos, la justicia social y la solidaridad como principios para conseguir la paz desde nuestro ser cristiano.  Los dominicos insertos en la vida eclesial asumen también esta prioridad.
Cada uno, entonces, desde su condición de vida debe ser portador de ese anhelo de paz y justicia desde lo profundo de su ser, pero al mismo tiempo, hay que vivir desde ese anhelo; exteriorizarlo mediante acciones pacíficas y justas: no puedo, pues, anhelar y exigir, lo que no estoy dispuesto a vivir primero. Como cristianos y como dominicos hay que ser predicadores de esperanza, haciendo resonar que un mundo diferente sí es posible: hay que ser portavoces de la justicia y la paz que tanto anhelan nuestros pueblos.

lunes, 6 de mayo de 2013

El concepto de “acción” en la obra de Hannah Arendt: “La condición humana”.


El ser humano a lo largo de la historia siempre ha buscado darle un sentido a su vida, a su mundo y a todo cuanto realiza. Un sentido que lo haga sentirse humano, que lo haga sentirse él mismo entre muchos con quienes, a la vez que se siente igual, en tanto individuo con dignidad y derechos, también se percibe diferente en cuanto a sus características propias, sus ideas y la concepción de la realidad: no es una mera repetición del otro, es distinto y, como tal exige que sea respetado y escuchado.
Hannah Arendt, en La condición humana, justamente reflexiona el tema de la acción buscando comprender y explicar la vida del hombre desde la búsqueda de sentido, la idea de igualdad y distinción entre cada ser humano desde lo cual surge la pluralidad. La pluralidad que será, para la autora, la condición primordial para que se dé la acción y el discurso.
La acción, así, será entendida como esa condición humana de recrear su vida dentro de la pluralidad, de empezar de nuevo, de reinventar la propia vida desde un nuevo comienzo, un nuevo nacimiento en la esfera social (concepción de natalidad). A través de la acción es que se va insertando en ese mundo plural en el cual, el hombre, se da a conocer tal cual es desde su diferencia para, de ese modo, hacerse presente y formar parte de la comunidad humana, no para repetir y ser lo que otros, sino para ser él mismo, para comunicar su propio yo, demostrar quién es y, de este modo, ser un agente social que aparece ante el mundo y no un mero objeto al que se puede tratar como venga en gana, ni un animal del cual se puede disponer en todo momento sin que tenga voz de reclamo. A través de la acción y el discurso, pues, es que la persona va a existir para el mundo y le va a dar un sentido a este mundo.
 A través de la acción también se aparece con cosas nuevas y se va configurando la historia de la humanidad: el hecho de que el hombre sea capaz de acción significa que cabe esperarse de él lo inesperado, que es capaz de realizar lo que es infinitamente improbable[1]. Y por ser la acción una actividad de todo hombre  que implica lo inesperado en los actos humanos facilita, igualmente, que haya convivencias llevaderas entre los hombres pues cada ocasión significa un nuevo modo de vivir y llevar adelante nuevos proyectos: qué tedioso sería una vida rutinaria en la cual no hay novedad, todo es lo mismo, todo es predecible. Ella sería una vida robótica, no humana porque lo humano tiene como característica el ser impredecible y espontáneo. En lo humano siempre está lo novedoso, lo misterioso. Pero ello no es obstáculo para vivir la pluralidad y la vida de relación social. Al contrario, la vida se enriquece.
Hannah Arendt cree que la acción, como la forma del darse a conocer al mundo humano desde su propia identidad, necesariamente necesita de la pluralidad, de los otros, con los cuales intercambiar pareceres y crear esa trama que significan las relaciones humanas y con quienes tomar decisiones que afecten a todos.  Solamente entre los demás hombres es posible la acción y el discurso porque es el único espacio en que cada uno se realiza humanamente y es reconocido como igual, pero también como ser único y a la vez distinto que necesita ser escuchado aun siendo de la condición que sea. Esto último es precisamente lo que actualmente se niega a muchos cuando se los ignora, se les vulnera sus derechos bajo diferentes excusas y calificaciones que no hacen más que negarles la posibilidad de ser parte de la sociedad de gentes libres con todos los derechos. Pero más que parte de la sociedad, creo, parte de la humanidad, miembros activos semejantes a todos que, más que pertenecer a un determinado país, pertenecen a esa gran conglomeración de seres humanos. Por tanto, deben ser tratados como tales mas no como los otros, los desechables, los menos ciudadanos como es el caso de la concepción actual de los estados europeos respecto a los inmigrantes.
El ser humano siempre está en lucha por hacerse escuchar, por tener su propia identidad en medio de la pluralidad humana. Puede ser que esta pluralidad no siempre le sea favorable, pero ahí está intentando unir su propia historia a la historia de la humanidad desde lo que cree, desde lo que piensa y hace: desde sus ideas. Y es justamente que desde sus propias ideas es que entra en confrontación y debates con el resto lo que permite, de alguna manera, su realización al mismo tiempo que su compromiso y el hecho de hacer promesas.
Lo interesante de todo ello y de la característica de la vida humana de  la acción es que esta no es algo terminado. La acción es todo un proceso constante en el ser humano, nunca se agota, como dirá Arendt, en un acto individual, sino que prosigue a lo largo de toda la vida pues toda la vida es acción para el hombre. La acción no tiene fin al igual que el afán de relación que tiene el ser humano. Ello, claro está, amparado en la espontaneidad, en la libertad, en la comprensión, en la capacidad de hacer promesas, en el carácter impredecible de las acciones humanas: en la posibilidad de empezar siempre de nuevo.
En fin mediante la acción se entiende que cada hombre no es la repetición del otro. Cada quien es único, pero al mismo tiempo igual al otro con el cual se comparte la acción y el discurso que es lo propio de cada individuo y que tiene que ver con un nuevo comienzo dado siempre en la relación con los otros, nunca aisladamente, porque sólo en contacto con los otros, en el entrenos, es que se va a lograr el reconocimiento y la representatividad.
 



([1])  H. Arendt, La condición humana, p. 236.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Ciudadano y Estado: Kant - Hobbes


Diferencia en la concepción que tiene del ciudadano/súbdito de Kant en comparación al modelo de Estado de Hobbes.
El modelo de Estado que propone Hobbes es aquel Leviatán  instaurado para velar por el desarrollo de los ciudadanos a los cuales asegure un espacio de paz en el que puedan desenvolverse libremente. Para que garantice a sus súbditos la igualdad ante la ley y cargos públicos, la preservación de la vida ante los peligros y buscando que se respeten sus derechos.
Así, el Leviatán tendrá la tarea de crear espacios necesarios en el que el ciudadano puede desarrollarse de manera libre ejerciendo y poniendo en acción todas sus capacidades con el fin de asegurarse una vida digna, y obviamente, encontrar los medios necesarios con los cuales pueda conservar su propia vida como el derecho más preciado que tiene para sí, el valor fundamental.
Además de ello está la noción de igualdad y libertad que exige que todos los ciudadanos sean tratados igualitariamente, que se respeten entre sí, salvaguardando el afán de desarrollo que tiene cada quien pues para Hobbes los hombres son egoístas por naturaleza y en ese sentido buscan superarse individualmente y, como cada hombre tiene las mismas aspiraciones, entonces esto los lleva a confrontarse y es allí donde debe actuar el Estado como un ente que propicie la paz y bienestar social, un ente supremo a quien le delegan el poder con la finalidad de que implante el orden y demás mecanismos que contribuyan a la buena relación entre los hombres.
Sin embargo el Estado hobbsiano como un ente rector no queda supeditado a los reclamos de los súbditos aunque haya un contrato de por medio. Es decir, que hay un vínculo entre ciudadano y Estado; un contrato. Pero este contrato, según Hobbes, es unilateral ya que obliga únicamente al súbdito más no al Leviatán. De ahí que si éste comete injusticias contra aquel no está en la obligación de hacerle reparaciones, rendirle cuentas ni sentarse a negociar. El ciudadano, pues, no puede enfrentarse al Estado así sea injusto y dictatorial; solo tiene la obligación de sometérsele si es que desea preservar sus derechos y, entre ellos, la vida.
Viendo esta parcialidad y las necesidades que tiene el ciudadano es que necesariamente tiene que estar sometido al Leviatán pues en él, del modo que gobierne, encontrará cierto respaldo. De ahí que haya en las personas tres elementos importantes, según Hobbes, para buscar el Leviatán. El primero será el miedo a la muerte, violenta, pues el individuo tiene en la vida lo más valioso, el derecho al que hay que conservar por sobre todo. Entonces el temor es un primer elemento que hace que los ciudadanos busquen el Leviatán.
Un segundo elemento es el deseo de cosas necesarias para la sobrevivencia y el confort. Esto bajo la concepción que ya se venía diciendo de la tarea del Estado de brindar espacios seguros para el buen desarrollo de sus ciudadanos; el Estado asegura condiciones favorables para que puedan desarrollar sus capacidades y así mantengan su vida amparada bajo un propio proyecto.
El tercer elemento en la concepción hobbsiana por el que se busca el Leviatán es la esperanza de obtener las cosas por medio del trabajo. Es decir que, si bien es cierto el súbdito está sometido al Estado, conserva la libertad de emprender sus propios proyectos y negocios bajo sus propias reglas porque es dueño de su trabajo. El trabajo, pues, le va a permitir conseguir el sustento necesario para preservar su vida, ello, obviamente, facilitado por las condiciones propicias que el ente rector le asegure.
Kant por su parte expone su teoría de  ciudadano/súbdito desde la concepción del deber. Es decir, que cada ciudadano está sujeto a las leyes creadas por el Estado, elegido por el pueblo, a las cuales debe respetar y obedecer no por el hecho de que ellas le permiten tener una vida segura, no por miedo, conveniencia o interés, sino por la firme convicción de hacer lo que hay que hacer, de que es lo correcto como súbdito que debe obediencia al Estado; el deber por el deber.
Este ciudadano/súbdito, ciertamente va a conservar su libertad, igualdad e independencia. Libertad que lo lleve a buscar los medios convenientes para desarrollarse humana y socialmente siempre y cuando no dañe a los demás ni los utilice como medios para lograr algo sino como fines en sí mismos. Pero ello no significa que no les exige el respeto de sus derechos, sino que, como iguales por ser ambos súbditos del Estado, los puede coaccionar, con las leyes que defiende y ha impuesto el soberano, para reclamar y defender lo que es suyo. En este sentido la igualdad en cuanto súbdito significa que cada miembro de la comunidad tiene derechos de coacción frente a cualquier otro mediante la ley pública, coacción a la cual no está sometido el jefe de estado ya que es a través de él que puede ser ejercida la coacción jurídica, él regula la sociedad con la ley. De lo contrario no habría un ente rector y la posibilidad de subordinación se remontaría al infinito.
El jefe de Estado, entonces,  bajo ninguna circunstancia puede ser coaccionado por el súbdito aunque sí existe la posibilidad de mostrarse en desacuerdo con él ya que el pueblo, en la concepción kantiana, tiene sus derechos inalienables frente al jefe de Estado, aunque no puedan ser derechos de coacción. Esta sería, pues, la diferencia con Hobbes ya que según este, el jefe de Estado no está vinculado en modo alguno con el pueblo mediante el contrato, y por ello nunca puede incurrir en injusticia contra el ciudadano del cual puede disponer como desee sin que este último tenga derecho a reclamar. Para Kant aquella postura no es del todo correcta pues el ciudadano como ser libre y racional puede expresar su disconformidad con el jefe de Estado ya que admitir que el soberano ni siquiera puede equivocarse o ignorar alguna cosa sería imaginarlo como un ser sobrehumano dotado de inspiración celestial. Esto vendría a ser parte del uso público de la razón propuesta por Kant.
La igualdad en cuanto súbditos además supone la licitud de que cada miembro de la comunidad pueda alcanzar dentro de ella una posición de cualquier nivel hasta donde sus capacidades, talentos y suerte le permitan. De ahí que a nadie se le puede impedir ejercer libremente sus funciones, usadas racionalmente, para lograr su desarrollo. Sin embargo esta igualdad no ha de ser considerada en lo referente al derecho de dictar leyes ya que para ello sí se requiere de personas que estén facultadas al respecto, lo que no quita que sean consideradas como voluntad del pueblo y, por lo mismo, obedecerlas. Los ciudadanos con dichas facultades para la legislación, con derecho a voto, los considerados citoyen o ciudadanos del Estado tienen que ser dueños de sí mismos y no estar bajo la dependencia de nadie. Es la independencia como ciudadano/súbdito para ser parte dentro de la legislación.
Concluyendo podríamos, entonces decir, que la diferencia entre la concepción de Kant y Hobbes radica en que el primero propone el respeto a la ley y al Estado no determinado por ninguna conveniencia, interés o miedo sino que lo hace porque considera que es lo que hay que hacer, por el deber ser. En cambio el segundo sí considera tanto el miedo a la muerte, el deseo de cosas necesarias para una vida de confort, así como la esperanza de obtener las cosas por medio del trabajo, amparado en la protección del Estado, el móvil para buscar al Leviatán y consiguientemente respetar sus leyes.
Otra diferencia sería el hecho de que Hobbes crea tajantemente que el Leviatán no tiene que rendirle cuentas bajo, ningún motivo, al súbdito al cual lo puede tratar como le parezca mejor. Éste ni siquiera puede expresar su disconformidad aunque el soberano sea un déspota. En cambio en Kant, si bien es cierto tampoco el jefe de Estado puede ser coaccionado por el súbdito, existe la posibilidad, amparado en su libertad de opinión o uso público de la razón, de que el ciudadano exprese su disconformidad con determinadas normativas lo que es considerado por Kant como desobediencia civil. Además debemos considerar que en la concepción kantiana los derechos del pueblo se mantienen inalienables frente al jefe de Estado, pero claro, nunca puede revelarse, nunca puede coaccionarlo pues es el único que permite que la sociedad tenga orden, es el único que custodia la ley; el Estado es fundamental para la sociedad porque éste la regula con la ley.

                       




domingo, 4 de noviembre de 2012

La Paz en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes

Naturaleza de la paz
78. La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). Es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo. El bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, está cometido a continuos cambios; por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de sí mismo y vigilancia por parte de la autoridad legítima.
Esto, sin embargo, no basta. Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los hombres de sus riquezas de orden intelectual y espiritual.
Es absolutamente necesario el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. Así, la paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar.
La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres.
Por lo cual, se llama insistentemente la atención de todos los cristianos para que, viviendo con sinceridad en la caridad (Eph 4,15), se unan con los hombres realmente pacíficos para implorar y establecer la paz.
Movidos por el mismo Espíritu, no podemos dejar de alabar a aquellos que, renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los medios de defensa, que, por otra parte, están al alcance incluso de los más débiles, con tal que esto sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones de otros o de la sociedad.
En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos por la caridad, triunfen del pecado, pueden también reportar la victoria sobre la violencia hasta la realización de aquella palabra: De sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada una contra otra y jamás se llevará a cabo la guerra (Is 2,4).